Confirmación

LA CONFIRMACIÓN

El Concilio Vaticano II en su documento «Lumen Gentium» (La Luz de las Naciones) dice bellamente: «Por el Sacramento de la Confirmación (los fieles) se vinculan con más perfección a la Iglesia, se enriquecen con una fortaleza especial del Espíritu Santo. De esta forma se obligan con mayor compromiso a difundir y defender la fe, con sus palabras y sus obras como verdaderos testigos de Cristo». (LG 11)

Este Sacramento ha sido llamado de diferentes maneras: San Agustín lo llamaba «imposición de las manos», San Cirilo de Jerusalén «el Crisma místico», etc. El nombre que lleva actualmente fue empleado por primera vez en el siglo V por San León Magno.

 EL ESPÍRITU SANTO

El protagonista del Sacramento de la Confirmación es la tercera Persona de la Santísima Trinidad.

Ya desde el Antiguo Testamento los Profetas anunciaron que el Espíritu del Señor reposaría sobre el Mesías esperado: «Sobre él reposará el Espíritu de Yahvé» (Is. 11,2) «El Espíritu del Señor Yahvé está sobre mí» (Is.61,1), lo cual se hizo patente en el Bautismo de Cristo en el Jordán: «Una vez bautizado, Jesús salió del río. De repente se le abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba como paloma y venía sobre él» (Mt.3, 16).

Pero la plenitud del Espíritu Santo no estaba destinada únicamente al Mesías, sino a todo el Pueblo Mesiánico: «Infundiré mi Espíritu en ustedes para que vivan según mis mandatos y respetan mis órdenes» (Ez.36,27).

Cristo en repetidas ocasiones prometió esta efusión a sus seguidores: «El Espíritu Santo les enseñará en ese mismo momento lo que hay que decir» (Lc.12,12) y lo cumplió el mismo día de la Pascua: «Dicho esto, sopló sobre ellos diciendo: Reciban al Espíritu Santo (Jn.20,22) y de una manera más notable en Pentecostés: «y quedaron llenos del Espíritu Santo» (Hech.2,4). Aquellos que se hicieron bautizar ese mismo día, recibieron a su vez el don del Espíritu Santo: «Dios les dará el Espíritu Santo». (Hech.2,38)

A partir de entonces, los Apóstoles en cumplimiento de la voluntad de Cristo, comunicaban a los recién bautizados, por la imposición de las manos, el don del Espíritu Santo. La tradición cristiana ha considerado desde el principio dicha imposición de las manos como el signo primitivo del Sacramento de la Confirmación. Sin embargo, muy pronto para mejor significar la unción espiritual se añadió la unción con el óleo perfumado (Crisma). Precisamente el nombre de «cristiano» significa seguidor de Cristo, el «Ungido».

 EL ACEITE COMO SIGNO

Muy atinadamente en algunos Sacramentos se usan óleos consagrados para la unción con distintos significados: antes del Bautismo significa purificación y fortaleza (usamos aceites y crema para limpiar la piel, para practicar deportes); el Oleo de los enfermos significa y realiza curación y consuelo (muchas medicinas tienen como base aceites); por su parte las unciones con el Santo Crisma después del Bautismo, en la Confirmación y en la Ordenación Sacerdotal son signos de consagración, como el sello de propiedad que se imprime en un documento.

Así el confirmado recibe la «marca» o el sello del Espíritu Santo: «Es Dios el que nos conforta juntamente con nosotros en Cristo y el que nos ungió y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones» (2 Cor. 1,22).

 ¿PORQUÉ ADEMÁS DEL BAUTISMO ES NECESARIA LA CONFIRMACIÓN?

El Bautismo, que hace nacer nuestra alma a la Vida Divina y que nos hace miembros de la Iglesia de Cristo, es tan solo el principio, como el niño que es dado a la luz posee la vida humana y es miembro de su familia, pero debe llegar a su plenitud en la madurez. En el terreno espiritual, la Gracia Santificante se desarrollará con la recepción de los demás Sacramentos y la Confirmación produce en nosotros el crecimiento necesario para llegar a la madurez cristiana: el Espíritu Santo nos comunica sus siete Dones y nos hace adultos en la fe, capaces de dar testimonio de ella y de luchar como soldados por el Reino de Dios en la tierra. Ciertamente ya desde el Bautismo Dios habita en nosotros con sus Tres Divinas Personas, pero en la Confirmación se nos da el Espíritu Santo con más abundancia: es como un Pentecostés para los discípulos de Cristo.

 LA CONFIRMACIÓN FUE INSTITUÍDA POR NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

San Juan Evangelista nos dice «muchas otras cosas hay que hizo Jesús, que si se escribieran una por una, me parece que no cabrían en el mundo los libros que se habrían de escribir» (Jn.21,25). No debe entonces extrañarnos el no saber exactamente cuándo y cómo Jesucristo instituyó el Sacramento de la Confirmación, pero consta en muchos pasajes del Nuevo Testamento que los Apóstoles, imponiendo las manos a los Bautizados, los confirmaban en la Fe: «Pedro y Juan imponían las manos a los samaritanos» que habían sido ya bautizados por el Diácono Felipe y éstos recibían al Espíritu Santo (Hech.8,12-17). De igual modo San Pablo habiendo llegado a Efeso, bautizó en el nombre de Cristo a discípulos de San Juan Bautista y a continuación les impuso las manos para hacer descender sobre ellos el Espíritu Santo «Y como Pablo les impusiera las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo, hablaron lenguas y profetizaron» (Hech. 19,6).

Un rito tan importante, de tanta trascendencia en la vida de los cristianos, no pudo ser inventado o improvisado por los Apóstoles: con toda certeza podemos inferir que no hicieron sino practicar lo que Jesús hacía y les ordenó seguir haciendo.

 

LA CONFIRMACIÓN ES UN SIGNO SENSIBLE

Claramente vemos en los pasajes citados cómo la imposición de las manos es aquel signo sensible necesario en todo Sacramento y que ahora, unido a la unción con el Santo Crisma, confiere al bautizado la plenitud del Espíritu Santo.

 

LOS EFECTOS DE LA CONFIRMACIÓN

NOS HACE «SOLDADOS» DE CRISTO

La vida del hombre sobre la tierra es un continuo combate contra los enemigos de su alma, que como nos enseña la Iglesia, son el mundo, el demonio y nuestras propias concupiscencias. Este combate da comienzo apenas el niño va teniendo uso de razón y no termina sino con la muerte. Job dice en la Biblia, que «la vida es una milicia».

Para sostener la lucha en contra de enemigos tan poderosos como tenaces, necesitamos auxilios especiales que precisamente nos proporciona la Gracia de este Sacramento. Pública y solemnemente, ante el Obispo, somos alistados en el ejército del Señor para luchar por el bien de nuestras almas, por la extensión del Reino de Dios, por el bien de las almas, por la gloria de Dios.

La Confirmación imprime en el alma ese carácter indeleble (por eso este Sacramento no se repite) de testigo de Cristo y da la fuerza necesaria para confesar la Fe sin temor ante los respetos humanos y defenderla, si es necesario, con la ofrenda de la vida.

 

NOS HACE CRISTIANOS PERFECTOS

Este Sacramento nos confirma en la Fe y perfecciona todas las virtudes y dones recibidos en el Bautismo. Precisamente por esto recibe el nombre de Confirmación.

Un autor del siglo V llamado el Pseudo-Dionisio Aeropagita, escribiendo sobre el Sacramento de la Confirmación, precisa la diferencia entre los bautizados y los confirmados en estos términos: «A todos llamamos hijos de Dios, incorporados todos a Jesucristo, herederos todos del Paraíso; pero imperfectos los primeros y perfectos los segundos, la Confirmación no solamente nos hace divinos, sino grandísimamente divinos».

 

LA CONFIRMACIÓN NOS DA EL ESPIRITU SANTO

Es la Confirmación el Sacramento que da cumplimiento a aquellas palabras de Cristo: «Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Consolador no vendrá a ustedes. Pero si me voy, yo lo enviaré» (Jn.16,7).

En efecto, así como en Pentecostés descendió el Espíritu Santo sobre el Colegio Apostólico reunido en oración con la Santísima Virgen María, en lo sucesivo, los cristianos recibieron al Espíritu Santo por medio de los Apóstoles y luego de los Obispos con la imposición de las manos y la santa unción.

Y de la misma manera que el Espíritu Santo se manifestó de manera prodigiosa en Pentecostés, no faltaron casos en la Iglesia Apostólica en que el administrar a los fieles la Confirmación, sucedieran milagros parecidos como el profetizar o el hablar en lenguas. Esto llevó al mago Simón a ofrecer dinero a los Apóstoles para que le dieran el poder de confirmar (Hech.8,14). Leemos también cómo al confirmar San Pablo a los bautizados, venía sobre ellos el Espíritu Santo obrando prodigios (Hech.19)

Actualmente no suceden tales prodigios pues Dios no multiplica los milagros sin necesidad. La Iglesia está bien establecida y ya no es necesario. Pero aunque sin señales externas, los confirmados reciben ciertamente al Espíritu Santo con sus siete Dones.

LAS OBLIGACIONES DEL CONFIRMADO

En continuidad con el Bautismo, el confirmado renueva las promesas que en aquella ocasión sus padres y padrinos hicieron por él si fue bautizado pequeño. Ahora, con pleno uso de razón, deberá renunciar radicalmente al pecado, a Satanás, padre del pecado y a todas sus insidias. Y esto no debe ser un mero formulismo. Tan cierto es que Satanás existe, como de que somos débiles y pecadores y la vida cristiana nos obliga a luchar valientemente por la Gracia de Dios.

Igualmente el cristiano confirmado está comprometido no tan solo a guardar la Fe sino a conquistar a los demás para Cristo. Esto podría llevarlo hasta dar la vida por el Señor como valientemente lo hicieran miles de católicos en la guerra Cristera en nuestra Patria ante la persecución del gobierno callista.

En el mundo actual, olvidado de Dios, corrompido integralmente en la mentira, cohecho, el hurto, el hedonismo desenfrenado, violencia y sexo, no será fácil mantenerse en la lucha por el bien. Será vivir cuesta arriba o contra corriente todo el tiempo. Será necesario evitar con cuidado toda clase de pecado, instruirse permanentemente en Religión, militar en algún movimiento católico, ser activo en la parroquia y sobre todo frecuentar los Sacramentos de la Reconciliación y de la Eucaristía.

 

NO DEBEMOS NEGAR NUESTRA FE NI AVERGONZARNOS DE ELLA

Han pasado a Dios gracias los tiempos de la persecución religiosa mencionada arriba y ser católicos no está penado con la muerte. Pero nos hemos convertido en «católicos vergonzantes» ante el mundo paganizado. Nos da pena enfrentar criterios inmorales o herejes; nos da miedo recibir el mote de moralista, mocho, persignado, etc. y nos quedamos callados sumisamente. No somos capaces de sostener, por ejemplo, que el uso de anticonceptivos es inmoral y dañino, que el aborto es un crimen horrendo, que la homosexualidad es una aberración. Y dejamos que los enemigos de Dios y del hombre digan y hagan lo que les venga en gana.

El soldado de Cristo debe estar preparado para dar la batalla al mal, venga de donde venga. ¿Qué diríamos de un soldado bien armado que ni siquiera se molestara en desempacar sus armas y aprender a usarlas? ¿Cómo espera que ganará la batalla cuando le falta la voluntad y el valor para entrar en ella? Así son los cristianos que no saben aprovechar los medios que la Iglesia pone en sus manos y que se amilanan ante los demás.

La Fe en Cristo debe ser nuestro timbre de gloria como para un soldado es su bandera. Negarla o avergonzarnos de ella es indigno de un hijo de Dios.

 

LOS PADRINOS DE LA CONFIRMACIÓN

Ordena la Santa Iglesia que todo confirmando cuente con la ayuda espiritual de un padrino o una madrina, preferentemente los mismos del Bautismo, haciendo recalcar la unión entre ambos Sacramentos.

Para que una persona pueda desempeñar válidamente el oficio de padrino o madrina, es decir, para que no sea nulo su padrinazgo, se requieren las siguientes condiciones:

 

1.Estar confirmado.

2.Tener uso de razón y la intención de cumplir adecuadamente esta función.

3.No ser hereje o estar excomulgado.

4.No ser ni el padre ni la madre ni el cónyuge del confirmado.

5.En el momento de la Confirmación, tocar en el hombro al confirmando simbolizando su compromiso como padrino o madrina.

La misión de los padrinos es cuidar de palabra y con el ejemplo el crecimiento en la Fe de su ahijado. Por eso los padres deben elegir como compadres a personas intachables como católicos: casados sacramentalmente, instruidos en Religión y de buenas costumbres.

Deben los padrinos comprender que al aceptar serlo, son ahora compadres es decir, padres con los verdaderos padres del ahijado y que este se convierte para ellos en un como-hijo, con todo lo que esto comporta. Es un compromiso mucho muy serio del cual han de dar cuenta a Dios como de sus propios hijos. Error tremendo es el aceptar compadrazgos a la ligera y acumular ahijados a los cuales nunca podrán seguir de cerca en su camino hacia Dios.

Ante Dios los únicos padrinazgos que crean parentesco espiritual son los del Bautismo y Confirmación. Los demás (padrinos de Primera Comunión, Matrimonio, etc.) son en realidad costumbres de tipo social a las que los mexicanos somos muy dados.